"El eslabón perdido", un emotivo documental sobre Alejandro del Prado


El universo creativo del peculiar cantautor porteño queda reflejado en la película dirigida por Mariano del Mazo y Marcelo Schapces, rica en documentos audiovisuales y entrevistas exclusivas.

      Ya el título del film es elocuente. Y sugerente, en más de un sentido. El eslabón perdido es un concepto que puede referirse a un artista singular pero caído en el olvido, a un ignorado nexo entre diferentes géneros musicales o, en términos más darwinianos, a cierta evolución de la canción urbana de los años ’70 y ’80 del siglo pasado. Horizontes que, si bien no tuvieron la continuidad que la propia obra de Alejandro del Prado parecía prometer hace 40 años, eran claramente modernos para aquellos tiempos.
      Basta escuchar sus “hits”: Los locos de Buenos Aires, Tanguito de Almendra, Aquella murguita de Villa Real y, acaso, Si te contara. O bien los temas menos frecuentados de sus cuatro álbumes solistas y hasta el único que grabó como integrante de la banda Saloma (en su mayoría accesibles vía web) para notar que no fue un creador más, sino alguien particularmente filoso, ecléctico y al mismo tiempo de capaz de bellísimas alquimias.
      En concreto, el film narra la trayectoria profesional de Alejandro de un modo ya hegemónico en la estética de los documentales contemporáneos: el intercalado de testimonios de media docena de personas de su entorno, sin voz en off omnisciente ni guía del relato. Los entrevistados son Horacio del Prado (periodista y hermano de Alejandro), Malena del Prado (hija), Jorge Boccanera (cantante y poeta), Rodolfo García (baterista), Daniel Ferrón (bajista), Diego Zapico (productor discográfico) y el propio Alejandro.
      Este último insumo no es menor ni obvio. Tiene mucho valor porque el retratado en el film siempre fue renuente a las entrevistas. Y en la lograda en su casa del barrio porteño de Almagro el cantautor se explaya desinhibido sobre diversos asuntos. Y como suele pasar en las charlas, ahí hay claves. Sus palabras son con frecuencia vagas y sus oraciones a veces quedan truncas. Alejandro parece ser de esos interlocutores que, de tan ocurrentes y espontáneos, no terminan las oraciones que acaban de empezar. Al menos no inmediatamente. A veces el sentido de lo que quiere decir se termina entendiendo por las siguientes frases.

El cuore, contra las cuerdas

      Durante la proyección, la emoción aflora por doquier. A tono con lo que pasa al escuchar las canciones de Alejandro. Canciones difíciles de encasillar, porque oscilan entre el tango, el rock spinetteano, los ritmos folclóricos argentinos y la murga porteña, con una instrumentación muy cambiante que por momentos acerca reminiscencias camarísticas. La originalidad es también poética, aunque el grado de abstracción varía mucho de un tema a otro. En sintonía, su modo de cantar tampoco es lineal.
      Esos rasgos pueden entreverse en los fragmentos de canciones que se pueden escuchar en la película. Aunque uno se queda con ganas de más en esa materia. Tal vez algunas canciones emblemáticas podrían haber sonado más tiempo, otras brillan por su ausencia y en las tomas propias de los recitales que Del Prado dio en 2018 en el Café Cultural Caras y Caretas la calidad del audio deja bastante que desear.
      Paradójicamente, es mejor el sonido de algunos recortes de programas televisivos de los años ’80 (como Badía & Compañía), además sabrosos documentos que están entre lo más valioso de la película.
      El universo Del Prado tiene muchas aristas que son tratadas a lo largo de 74 minutos: desde el vínculo que de chico mantenía con su papá (el célebre dibujante costumbrista Calé, fallecido cuando Alejandro era un niño) y lo que le evoca la casa de su infancia en la calle Ramón Lista, hasta la temprana muerte de su pareja (la cantante y multiinstrumentista Susana Fernández, que aparece interpretando sus canciones en algunas de las mentadas tomas televisivas), pasando por el período en que acompañó como guitarrista a Alfredo Zitarrosa en su exilio mejicano o el rol que Alejandro le asignó al bombo murguero en la música popular.

Un misterioso ostracismo

      En un fragmento entrañable por su elocuencia y su frescura, Malena del Prado revela la visión oscura que su padre tenía (o tiene) sobre la vida. Aunque sin abandonar un registro más bien oscuro, el humor condimenta el relato que cada uno de los entrevistados va hilvanando. Es más: queda la sensación de que son graciosos sin proponérselo. Mucho el propio Alejandro, otro poco cada uno de sus seres queridos, entre todos terminan delineando su perfil extremadamente bohemio e idealista.
      Y he ahí, tal vez, una de las claves para desentrañar el gran enigma que plantea la película: ¿por qué no logró trascender en proporción a lo que su obra anunciaba hace ya 40 años? Desde entonces, pero sobre todo desde fines de los '80, su producción discográfica y su exposición pública ha sido llamativamente escasa. ¿Qué razones lo llevaron a una especie de autoexilio? ¿Eso ocurrió de una manera consciente y deliberada? A pesar de que es difícil acceder a respuestas unívocas, el film sugiere varias verosímiles y en su mayoría no excluyentes.
      El eslabón perdido tiene varios méritos. Uno de ellos es el rescate de un artista que, si hasta hoy no consiguió la figuración que merece, gracias a este documental al menos estuvo presente en decenas de medios periodísticos durante las últimas semanas. Ojalá que la próxima vez que su nombre resuene en las redacciones y los programas de radio sea porque Del Prado logró plasmar en un disco otro puñado de canciones, esas que resuenan en nuestras almas de abnegados y melancólicos soñadores. O sea, de porteños.
  
Carlos Bevilacqua

En la imagen, Del Prado durante la entrevista del documental. Gentileza Ana Garland.

Publicado el 26-5-2019.